Escenarios de novela XX. La Roma que no es turística (El palimpsesto del templario)

Otro de los escenarios que aparecen en la novela “El Palimpsesto del Templario” es la ciudad de Roma. La ciudad donde vive la joven policía Marina.
Pero en esta ocasión no os voy a hablar de una ciudad glamurosa, romántica o llena de histórica, la ciudad que todos imaginan cuando se habla de ella, no. Os traigo la ciudad en la que viven y sufren sus habitantes, los trabajadores y las personas que habitan sus calles que, como el resto del mundo también trabajan, y no están todo el día viendo monumentos o paseando. Es más, incluso algunos de ellos nunca han visitado el Coliseo o el monte Palatino -para mí, esto sí que tiene delito-.
Para un trabajador romano del siglo XXI la mañana no comienza con un rayo de luz que ilumina las cúpulas de las iglesias, el barroco de sus palacios o las piedras en las ruinas; la luz apenas entra por las ventanas de los edificios de cemento y ladrillo construidos en la mitad del siglo XX, en el boom urbanístico de la postguerra. Aquellos que viven en los edificios más altos pueden ver el metálico y artificial campo de antenas de televisión y las ropas tendidas en las cuerdas de las fachadas. Tampoco comienzan el día con el canto de los pájaros, sino con los silbidos de las cafeteras y los rugidos de los motores sobre las vías principales. Esa es la vida de quienes conducen autobuses, limpian la ciudad, se cuelgan de andamios o sirven cafés o helados a los turistas.
Afortunadamente, algunos de los barrios de trabajadores, como San Basilio o Quarticciolo, se han transformado. Sus edificios son auténticos cuadros urbanos internacionales con colorido e identidad, pintados con murales con contenido poético, político o social.
El transporte es uno de los grandes problemas de la ciudad, su enorme enemigo. Para quien vive en la periferia es una ardua tarea llegar al centro; lo mismo que para quien vive en el centro y tiene que desplazarse hasta el puesto de trabajo que se enfrenta a una odisea que consume la vida y la paciencia. Las paradas de autobús, de los tranvías o de las líneas de metro se llenan de trabajadores que deben pegarse codazos para poder entrar en los medios de transporte en los que no cabe ni una mosca. De ahí que el principal medio de transporte en la ciudad sea el ciclomotor.
Por la mañana los bares se desbordan de quienes prefieren desayunar fuera de casa para tomar un café y un «cornetto». A media mañana, el caos se traslada a los mercados, donde aún perdura la Roma más autentica, la de los vendedores de tomates y frutas que gritan sus productos por encima del bullicio. A la hora de la comida la dieta del trabajador sigue manteniendo sus raíces; un plato de pasta, un bocadillo de «porchetta», un trozo de pizza; algo rápido que llevarse a la boca para continuar las tareas. La vida comienza al caer el sol, cuando las familias y los amigos se reúnen para degustar una pizza en una trattoria o tomar algo en algún bar.
La vida en Roma, como la de cualquier otra capital europea no deja de ser la vida de quien tiene que madrugar y trabajar para poder salir adelante.
¡¡¡Abrazotes!!!





